martes 4 de agosto de 2009

Viejo

Hola viejo! Tanto tiempo, como estas? Como te está yendo por allá? Seguro que bien. Acá... y bueno vos sabés!, cada tanto te das una vuelta, porque sé que lo haces, aquella promesa no me la olvido, sabías viejito? Sé que te das una vuelta, para ver como ando, como van mis cosas, lo sé aunque ahora lo niegues, aunque yo admita que no te haya visto, lo sé igual.
Recuerdo cuando era chiquita y me sostenías la bicicleta verde, la chiquita, ¿te acordás? que alegría cuando saliste de la camioneta con ella!, como decía recuerdo aquellas épocas cuando me sostenías para que no me caiga, recuerdo y extraño. Crecer no está tan bueno como pensaba. La vejez se acerca, viejo, bueno que te puedo decir a vos? Bien que la viviste a tu vejez, mal o bien, que se yo…
No quiero hablarte del pasado, vos sabés que yo sé y yo también sé que esta todo bien ahora, pero eso se cobró muchas cosas, ¿no viejo?
Madurar.. mierda que es más difícil que crecer!, a eso también debes saberlo bien, supongo.
Las cosas no están, no van viejo, las cosas no van, no me gustan, no sé que pasó... Habrá sido cuando solté mi mano de la tuya cuando equivoqué de camino? No viejo, no estaba preparada para arrancar a caminar sola, aún creo que no lo estoy, terrible ¿no? Si….en fin, vos preguntás, vos querés saber, aún sabiendo perfectamente como me esta yendo, se me nota en la cara.
Que decís viejo? Dale, venime a buscar, puedo irme con vos? Seguro allá es mucho más divertido que acá, dale, llevame sosteniendo mi bici por atrás, dejame con la ilusión de que voy sola, pero viejo, yo siempre supe que vos estabas atrás…y eso me dejaba tranquila, dale venime a buscar, sabías que te lo iba a pedir.

miércoles 29 de julio de 2009

La fábula de la media y la serpiente

En un pueblito muy lejano rodeado de un bosque muy tupido vivía en la cabaña más cercana a los viejos árboles que vieron nacer el pueblo, una niña, una niña, alta delgadísima con el pelo negro como lo noche, el cual siempre se lo ataba con una colita, pero su pelo era tan lacio que rebelde se le escapaba y la colita le caía floja siempre.
Vestía siempre con unas medias de todos los colores, rojos azules y amarillos se mezclaban en sus pies en una fiesta. A pesar de tener otros pares de medias ella siempre se ponía esas, la madre la retaba le decía que se las cambie, que había que lavarlas, que todos los días con la misma ropa no era de una niña educada
- Pero mamá a mi me gustan mucho y no están tan sucias - le contestaba jugando desde el patio de la casa.

Uno de sus juegos preferidos era explorar el bosque que comenzaba a pasos de su casa, todas las tardes comenzaba a caminar adentrándose hasta un claro donde había un lago muy pequeño, un poco más grande que un charco, pero lo suficiente como para que ella se pudiera refrescar los pies sentada en un tronco caído que había en su orilla. Y pasaba horas ahí jugando con los pececitos con los dedos de los pies, ella reía con sus cosquillas siempre, hasta que caía la tarde la niña se la pasaba en el bosque y por más consejos de su madre diciéndole que el bosque es peligroso, ella nunca la escucho, más nunca vio a ningún animal que le hiciera temer.

Una de las tardes en que ahí estaba, de pronto se asustó pues vio venir hacia donde ella estaba una serpiente de muchos colores, brillantes colores, como los de su media. Podía escuchar el siseo que hacía con su lengua, hipnotizada estaba la niña, viéndola acercarse cada vez más hacia donde estaban sus zapatos, sus medias.
La nena estaba muy asustada porque la madre siempre le decía que tenga cuidado con las serpientes del bosque, que algunas cuando picaban podían matar. Del miedo se congeló no podía ni respirar, hasta que algo la sacó del trance y Salió corriendo a esconderse detrás de un árbol.
Desde ahí pudo ver como la serpiente se fue acercando hasta una de las medias y como se fue enrollando alrededor de ella con sumo cuidado y muy despacio tratando de ver que nada le pase a la media, cuando esta bien asida a ella, se va reptando tranquilamente entre las hojas caídas de los árboles.
Y la verdad es que todas esas tardes en que la niña iba al lago, la serpiente estaba ahí escondida , observando, en silencio, se había enamorado de las medias de la niña, de sus colores brillantes a sus febriles ojos era una serpiente hermosísima de colores brillantes que lo atraían terriblemente. Hasta ese día nunca se movió de su escondite, hasta esa tarde en que se animó a salir del escondite en busca de su amor, la media.


La serpiente sigue en su cueva, ahora compartida con la media en una felicidad absoluta, la niña al no tener más esas medias, pudo ver que tenía otras muchas más e incluso mucho más bonitas que las perdidas y la madre cambiando el concepto de las serpientes, esta contenta porque al fin su hija puede cambiarse las medias con asiduidad y no ha tenido más fanatismo por ninguna de sus prendas de vestir

lunes 13 de julio de 2009

las tres

Viendo hacia atrás, ve tan nítido aquellos días, en donde iban las tres a todos lados, y también inevitablemente recuerdo el momento del adiós, cosa difícil el desprenderse de los afectos, y más cuando las tres eran tan unidas. Fue como un deslumbramiento al verse por primera vez, supieron al instante que iban a hacer historia las tres juntas,
Recorrieron millones de veces la ciudad, cuando el alma no les cabía en el cuerpo y sólo quedaba el caminar para apaciguarla, Se fueron de vacaciones las tres, caminaron por la playa, tomaron mates mirando el mar, fueron a las sierras y escalaron piedras y anduvieron senderos, en un silencio donde huelgan las palabras, no hay nada que decir, ya la compañía era suficiente lenguaje.
Recuerda los partidos de voley, fútbol con otras amigas, todos los que la veían envidiaban un poco esa cofradía, tan perfecta, tan unida. Tan sí misma.
Las noches de baile y como trataban de vencer la timidez con pases de bailes que a nadie engañaban.
Siguieron siendo unidas las tres por igual, aún cuando una se fue de vacaciones y las otras dos se tuvieron que apoyar una a la otra, en ese largo mes de distancia, sabiendo que a la vuelta todo sería igual o incluso más fuerte. Ese impás no rompió lo que el tiempo y el desgaste propio de toda relación al final terminó logrando, la despedida.
Con dolor en el alma, se separaron, dos de ellas ya no salen más, no pueden acompañar a la tercera como antaño lo hacían, el desgaste del tiempo les impedía continuar con sus aventuras, ahora se quedan en la casa, al resguardo del frío y del desgaste de la calle, temen algún accidente irreparable, y ninguna esta preparada para ello. Entonces con entereza se quedan observando, en silencio cuando la que aún puede salir, sale por la puerta, con un adiós mustio muriendo en la boca y el corazón oprimido porque ellas no pueden seguirla.
Ya la ciudad no es la misma, no con el trío disuelto, las caminatas no son las mismas ni el helado que sabían compartir tienen el mismo sabor que antes.
El tiempo pasa y cada una tendrá que aceptar que para cada una no pasó de la misma forma y aquellas se quedarán hasta que llegué el día, en que el adiós definitivo, a otra morada, la última, llegue.

lunes 15 de junio de 2009

Aiké y Pikú

Aiké era un pequeño zorro gris, Pikú era un tatú carreta o mulita, un peludo, como quién dice, si bien estos tres animales son distintos, se les llama así indistintamente, Aiké y Pikú eran amigos, inseparables y de los que hacían más travesuras, ambos vivían cerca del puesto de guarda fauna en caleta, para desgracia de germán y para diversión de Inés, ambos guardas que se turnaban los días de la semana.
A Aiké y Pikú les encantaba hacer renegar a Germán, se metían en la caseta mientras el recorría la costa revisando las distintas poblaciones de lobos marinos y le escondían los implementos del mate, le roían los informes que luego tenía que presentar en la jefatura, con mucha vergüenza, todos mordisqueados, le apagaban la radio. Las mil y una le hacían y mientras Germán renegaba y gritaba por las visitas insolentes, Aiké y Pikú se reían a costilla suelta, tanto que Pikú, se caía sobre su lomo y luego no podía darse vuelta por su caparazón, entonces entre risas y risas Aiké tenía que socorrerlo y salir corriendo porque Germán los corría con la escoba.
Muy distintos eran cuando los días de guardia estaba Inés, la dulce guarda fauna que siempre tenía un mimo para ellos, los tres se sentaban al solcito, Inés con mates miraba al atardecer y ellos se quedaban a sus pies, escuchando como Inés les contaba historias de otros lugares, de grandes animales, de viejas épocas y también cuando la nostalgia invadía el corazón de Inés, les contaba de su vieja casa a muchos, muchos kilómetros.
Cuando era temporada de turistas, la panzada que se hacían Aiké y Pikú!
Pues mientras que Aiké que era el más artista de los dos, se pavoneaba delante de los turistas, y removía por el aire su gran cola gris, y hacía caras cada vez que sonaba un flash, todos los turistas se quedaban embobados con él y sus dotes de artista, Pikú, aprovechaba que todos estaban distraídos y él se subía a los autos y robaba comida, galletitas, papitas saladas, latas de gaseosa, lo que pudiera cargar en uno o dos viajes, todo desaparecía, todo lo que sea comestible, y se lo llevaba al escondite que los ladrones tenían ahí cerquita. Cuando no quedaba nada más que robar, Pikú le hacía una seña a Aiké y dando a entender que se había cansado de la gente echaba a correr, sin saber los turistas que habían sido presa de un vil engaño.
Mientras a Germán estas andanzas le molestaban, porque pensaba en los turistas estafados, Inés se divertía ante las inteligentes ocurrencias de estos dos ladronzuelos. Por eso a Germán le hacían lo que le hacían, mientras que adoraban a Inés, porque la habían tomado de cómplice en sus aventuras.
Cuando los turistas dejaban de ir, por no ser temporada, Aiké y Pikú pasaban sus tardes en la caseta del guarda fauna, siempre que estuviera Inés, al lado de la estufa, mientras ella tomaba mates ellos se arremolinaban al calor de las llamas, dormían largas siestas, soñando nuevas travesuras para cuando lleguen de nuevo los visitantes.

martes 2 de junio de 2009

Unión

Ya volviendo, tengo fresca en mis retinas las olas rompiendo impetuosas en la playa de pedregullo, tarde de siliencios y soledades. Playa Unión es todo eso que me contabas, recordaba tus palabras, una a una y la emoción y el orgullo que las rodeaba. Recorrí tus pasos y creí verte en la lejanía jugar con tus perros, lo creí y lo desee sabiendo que era más lo segundo que la certeza misma. Adoré esas playas desiertas, el viento golpeándome la cara, el mar y sus sonidos, la melacolía por el hogar trunco y los sueños rotos, nublaron mi vista.
De repente te envidié, sin querer razonarlo mucho, hay cosas que de tanto pensarlas se enquistan formando tumores imposibles de extirpar.
La belleza del lugar se clavó no en la vista, sino en esta alma mia. Sentimientos encontrados bullen en remolino. Como hablar? imposible. Inexplicablemente me hundo en este mutismo tan propio de mi, tan hecho carne que a veces duele. Introspectivamente me voy hacia dentro buscando ese calor tanto tiempo perdido.

jueves 14 de mayo de 2009

A la luz de la Luna

La luna reflejaba su redondez en la calma del mar nocturno, la arena aún guardaba restos de sol entre sus granos. Nos habíamos sentado a ver las estrellas nacer.
Tu perfil se desdibujaba en la penumbra de las luces de la ciudad lejana. Estabas tan hermosa, tan lejana, tan vos mirando el infinito oscuro del horizonte. Con un sobresalto giraste y me dijiste no sé que cosa, yo sólo te miré, como te venía mirando, pero creo que un brillo pudo colarse de mis pupilas, tu mirada me respondió de la misma forma.
De repente, el beso fue inevitable, tus labios quemaban y tu lengua pronto se adueñó de mi boca. En mi, un calor comenzó a nacer desde mi interior, junto con la urgente necesidad de fundirme en tus besos y de tocar tu piel; comprobar tal vez, si ardías tanto como yo.
Los besos nos dieron hambre y sed, necesidades ancestrales que ni la comida ni el agua más pura podían saciar.
Mi mano tocó tu espalda y sentí en mis dedos la electricidad que recorrió tu cuerpo. Mi mano pirata bordeó los límites de tu remera y tu jeans hasta encontrar un resquicio entre tela y piel, ardorosa, temblorosa piel. Tu respiración agitaba tu vientre enloqueciéndome los sentidos, Sin permiso entre hasta hallar tu sima, refugio de humedades y no encontré otro lugar donde quisiera estar, y me lo robé, lo apropié y lo hice mi hogar, a través de mis dedos bebí tus ríos, mientras que tu calor me instaba a que me quedara, tu interior me engulló por completo, olvidándome de la playa y la luna. Tu boca era mi faro, naufragué por tu cuerpo, mi mano exploradora no podía parar, la música de tu respiración iba en crescendo. Un mundo desconocido y salvaje se abría por completo, esperando, ansiando ser hallado. Tu respiración era mi carta de navegación.
Un espasmo de tu cuerpo cortó mi respiración, mi cuerpo le hizo eco.
El beso, comienzo y fin, se fue diluyendo de a poco, lentamente. En mi foco, tu mirada nuevamente pero con un brillo nuevo anidado en ella, mis ojos le respondieron de la misma forma y en acuerdo tácito giramos nuestras cabezas para volver a ver la luz reflejada en la superficie ondulada del mar.
Cuando los chicos que andaban rondando se agruparon alrededor de una fogata, nos paramos y nos fuimos, con un mar de sensaciones dentro y la luz de tus ojos aún iluminándome. Caminamos en silencio, en el hotel nos esperaba tu madre para cenar, como explicarle que no habría alimento capaz de saciar este nuevo hambre nacido en mí debajo de la luz de la luna.

lunes 13 de abril de 2009

Solo jazz

El humo de cigarrillo apenas permitía ver a la silueta que se contorneaba arriba del escenario. Cigarrillos rancios, el olor era intenso, el humo formaba una cortina negra que sobrevolaba las cabezas de los presentes.
Arriba, una figura enfundada en un vestido negro, de larga cabellera roja se dejaba oír a través del batifondo de los asistentes, bailándole insinuante, sugestiva, sensualmente al micrófono de pie. No se inmutadaba ante la falta de interés del público, imperturbable seguía su lamentos de amores idos y dolores del corazón al ritmo de la banda de jazz que la acompañaba como todas las noches en el escenario.
Al costado estaba la barra, el cantinero, un ex marine musculoso y lleno de tatuajes, escuchaba mientras lavaba unos vasos, del otro lado, apoyada en una de las banquetas Marian, la mesera de turno. Rubia, delgada, un poco, demasiado tal vez, sus ojos no perdían el brillo de antaño, cuando chica era una niña inquieta y con sed de aventuras, quien diría que terminaría en semejante antro en el bajo Flores, barrio marginal y peligroso para una mujer joven, y bella, y sola, como ella.
Ambos escuchaban la voz grave, un poco ronca tal vez por los cigarrillos que se empeña en fumar, la voz que suena todas las noches desde hace un par de Meses en el Public todos los días a partir de las 22. La voz de Blue Velvet se oía, se percibía, se adhería a uno por la piel y por todos los sentidos.
-“Mi love, mi love is deep like ocean….-
Se escucha y casi sin darse cuenta, estas pensando en ella, en su voz acariciante.
Todo en Blue Velvet, resume sensualidad, un algo a fatalidad y a tristeza como las canciones de su repertorio.
Ahí estaban, ella arriba del escenario, poniendo todo de si ante un público que le daba lo mismo que estuviera o que no, y abajo, en la barra jhon el cantinero y Marian, la moza, ambos hipnotizados por la misma voz, ambos con una sola idea, adueñarse de la voz y su propietaria, consolar ese pobre corazón roto.
Jhon , siempre sin éxito lo había tratado de hacer, pero Blue siempre fue muy fría y distante , siempre le cortaba mal el rollo y Jhon un poco dolido se quedaba tranquilo un par de días hasta que se recuperaba y volvía hacer el intento, pero otra vez el fracaso.
Marian , por su condición de mujer y por ser nueva, nunca lo había intentado tan abiertamente, si una cosa aprendes en la calle, es a ser discreta, por eso, mientras observaba a Blue no se podía sacar de la cabeza como hacerle saber como explicarle sin que se asustara, muchas lo hacían, como decirle que desde que llego, su voz se había adueñado de su corazón, pero pronto, seguro esta noche ya lo tenia decidido no sabía muy bien como, pero no pasaba de esta noche.
Bule termino el repertorio y bajo del escenario dirigiéndose a la barra, Jhon y Marian se crisparon al mismo tiempo, jhon con una sonrisa enorme se sintió ganador esa noche, “hoy se me da” pensó al verla venir tan decidida, pero no se dirigió a él, sino a Marian:
-Marian, linda no me acercas un trago al camerino, no aguanto más este vestido me lo quiero sacar ya, por eso no me lo tomo acá, ¿res tan buena de llevármelo? Te lo agradeceré de todo corazón-le dijo mientras s iba por una puerta al costado-ah, hola Jhon, ¿como estas?
La cara de decepción de Jhon por no ser el destinatario de la conversación no la pudo evitar, el andar de Blue parecía decir mucho más que solo pedir un trago, pero eso era parte de su encanto, ¡que diablos!. Eso era lo que más le gustaba a él. Marian, ante su sorpresa, pues si bien se conocían con Blue por trabajar juntas una arriba del escenario, otra abajo, con las bandejas, nunca se había dado la posibilidad de hablar ni siquiera para un trago, Blue siempre se iba derecho al camerino cundo terminaba, se cambiaba y se iba, así todas las noches sin excepción, salvo aquella noche que quería un trago.
Marian golpeó la puerta de la habitación que hacía de camerino, en la mano un vaso vodka con limón,
-Entra por favor-se oye desde adentro, frente al espejo esta Blue con una bata y sacándose el maquillaje-entra, entra, ah gracias-dice cuando le tiende el vaso Marian-¿Que?, ¿No te has traído uno? Que pena, no me gusta tomar sola, pero bueno podemos compartirlo- le replica con un algodón lleno de desmaquillante en la mano y con la otra haciéndole señas para que se sentara en la silla que estaba a su lado-hace rato que quería conocerte un poco más pero no me animaba-
Marian ante semejante declaración se queda helada, es justamente lo que quería decirle.
En ese momento, Blue que había terminado con el maquillaje, se estira sobre su silla y le planta un beso en la boca.
-No te molesta ¿no?
-No para nada-responde Marian con un hilo de voz, ese beso la había dejado sin aliento, era muchísimo mejor de lo que se había imaginado-es justamente lo que estaba necesitando- y fue ella la que busco la boca de Blue Velvet,
Luego de unos ardientes minutos, donde sus bocas se fundieron y sus manos se reconocieron, Blue se paró de pronto, Marian se asusto pensó que ya estaba, que ya no quería más, pero las palabras de blue la volvieron a sorprender.
-Vámonos a casa, estaremos más tranquilas y ya no quiero estar más aquí dentro, este bar me da náuseas- se vistió y se fueron por la puerta de atrás, nadie las vio, jhon, en la barra estaba indeciso entre ir al camerino y volver a intentar un avance con Blue o seguir calmo por unos días más, la buscó a Marian, pero al ver la hora supuso que ya había terminado su turno, al final se quedo en la barra, no iría a verla a Blue, por lo menos hasta mañana, hoy ya era tarde y los tragos que se había tomado a escondidas del gerente le estaban haciendo efecto, no sería un buen amante esta noche , en el caso que lo admitiera, quería ser el mejor cuando estuviera con ella.
Las chicas llegaron a la casa de Blue en menos de 20 minutos, el trafico no existía a esa hora y el camino hacia la zona de Palermo era bastante directo, Blue vivía en una casa vieja reciclada a nuevo, como los modernos loft tan populares por la zona, era grande espaciosa pero acogedora de un modo extraño, Marian no se sintió en un lugar desconocido, sino extrañamente sintió que era su hogar, ese que andaba buscando desde los 17, edad que abandonó su casa.
Comieron, conversaron y bebieron un vino tinto que Blue sacó de una bodeguita ubicada en la cocina.
El entendimiento era tal que se sorprendían mutuamente, era como si fueran viejas conocidas, tenían las mismas opiniones en muchas cosas, las vida las había golpeado casi de la misma manera, la comprensión que se profesaron y el amor que nación en esa mesa entre copas de vino, lágrimas y sonrisas fue increíble, poderoso, terminado el vino se dirigieron a la cama.
No hicieron el amor, se durmieron abrazadas una a la otra alegres de haberse encontrado, pues parecía un encuentro mucho tiempo postergado, la mañana las sorprendió entre abrazos y mimos, hicieron el amor con las primeras luces del día, lentamente, sus cuerpos eran viejos conocidos y se dedicaron toda la mañana a reconocerse.
Luego de ese día nunca más se separaron, era imposible pensar en eso, Blue siguió un tiempo más en el Public hasta que le llego una oferta de grabar un disco, una noche, cantando como siempre ante un público que no la escuchaba, sí había alguien con sus oídos puesta en ella, un productor de Blue Note, un caza talentos de jazz, y se la llevó, no volvió nunca más a cantar en bares de mala muerte.
Marian, al tiempo que se fue Blue, también se fue, no podía estar lejos de ella, además de su pareja fue su amiga, confidente, manager y asistente.
Jhon nunca supo la historia de ellas mientras estaban en el bar, fue de común acuerdo entre ellas que nadie ahí se enterara, querían evitar supuestos problemas, todavía piensa que tiene una oportunidad con Blue, a pesar de que ella nunca le dio motivos para tal suposición, el nunca perdió las esperanzas
Blue siguió en su casa de Palermo, pero ahora no estaba más sola, Marian al tiempo fue trayendo de a poco sus cosas del hotel donde estaba parando, fue algo tan natural y necesario, que no hizo falta que Blue se lo pidiera ni que Marian buscara su permiso, se habían encontrado y nunca más se iban a perder.

Ahí estaban

Ahí estaban, ambas sentadas en la entrada del edificio, una con el pelo negro como la noche y lacio, mortalmente lacio, su mirada denotaba una profundidad muy raramente en personas tan jóvenes, la otra cola de caballo, pero se podían adivinar los rulos, detrás de la coleta...Una sonrisa entre pícara y tierna adornaba su joven rostro.
Ahí estaban, abstraídas del mundo, en el suyo propio, sin importarles la caras amargas de los que las miraban, el mundo es bastante jodido con todos aquellos que no entran en sus santos cánones, pero ellas estaban fuera y la verdad no les interesaba entrar, no a eso, eso prejuicioso, discriminador, ignorante sociedad, que separa, divide aparta y condena a todo lo que no entra en conceptos arcaicos e impersonales, conceptos que les sirve de muralla defensora, limite de aceptación, no temerás aquello que es conocido, o medianamente conocido o que se pueda encasillar, clasificar, medir y cuantificar
Ahí estaban ellas, ja! ellas estaban más allá de los nombres, clasificaciones, mediciones controles y normas de seguridad, seguridad para el resto, ese resto que prefiere la clasificación antes que la comprensión, antes que el entendimiento, antes que la aceptación la simple y llana aceptación del otro, los otros, las otras no como objetos, ni de estudio ni de medición, sino como sujetos, partes intrínsecas de esta sociedad, partes de la diversidad, esa diversidad que enriquece, que complementa justamente la sociedad.
Ahí estaban ellas sin importarles que el mundo las mirara con ojos desaprobadores, que las dejara de lado, que tratara de pasar por su lado sin rozarlas, cosa imposible, porque ellas se sabían ya integrantes, entonces no importa, nada importa, están ahí y son ellas mismas, sinceras, naturales, pero por sobretodo son lo más importante, ellas mismas y que el mundo gire.

sábado 28 de marzo de 2009

El hombre gato

Nunca supe si realmente existió si sólo alguien se apropió del mito y nos jugó una mala pasada, pero lo cierto es que ese verano, todo el pueblo adoleció de las andanzas del hombre gato.
Algunos decían que lo habían visto, otros que le contaron quienes lo habían visto de verdad, lo cierto es que nadie dio nunca una descripción certera del mítico personaje, decían que era un hombre con una piel sobre los hombros, con garras de metal, otros decían que realmente era un ser sobrehumano de dos metros de altura y garras larguísimas y afiladas.
Acechaba en la oscuridad, sus noches de ronda eran las noches sin luna, se escondía en las sombras oculto en los follajes tupidos de los árboles, en los zaguanes oscuros de las casas de las afueras, algo que siempre fue cierto es que nunca se adentro a lo que es el centro del pueblo, siempre en las afueras, en donde la distancias entre casas eran considerables.
Sus victimas preferidas eran las mujeres jóvenes, una noche de invierno, una salía del hospital donde trabajaba de enfermera, la noche era oscura y fría, no había un alma en las calles, vivía en las afueras de la ciudad, el viento soplaba, y le hacía escuchar cosas donde no las había, pero cuando las sombras de un enorme sauce que caían sobre la calle, la cubrió por entera, encontró qué era lo que hacía ruido. Fue encontrada a la mañana siguiente, con la piel de la cara hecha jirones, producto de rasguños feroces de un animal enorme, en estado catatónico, nunca pudo decir qué era lo que la atacaba, aún sigue en un internado para personas desahuciadas, duerme todas las noches con una luz prendida.
Otras de las historias que circularon por ese tiempo, fue del encuentro que tuvo con un sereno que antes del amanecer se cruzaba todo el pueblo hasta llegar a su casa desde la fabrica abandonada que cuidaba todas las noches hasta el amanecer, tal vez lo que lo salvó a él era la bicicleta vieja que usaba para recorrer esas distancias, o tal vez nunca se lo cruzó, y se inventó la historia para ganarse unas grapas gratis en el bar donde solía pasar las noches que no trabajaba, la cosa es que según su historia, no era un ser sobrenatural, sino un hombre alto, con guantes con garras de metal agregadas, según él lo pudo ver bien, cuando huía en su bicicleta, pasaron debajo de la luz de una farola, gracias a su rapidez con los pedales, el hombre gato no lo alcanzó.
Lo último que escuchamos de él fue la persecución de la que fue objeto por parte de la policía en la zona de las quintas, según cuentan fue perseguido pasando por los fondos de las casas, arruinando parques y campos por las ruedas de los patrulleros, fue perseguido durante horas, él saltando por techos, árboles, tratándose de esconder en las sombras, y los patrulleros sin darle tregua fue perseguido por horas, hasta que fue arrinconado en el patio de una casa, por un momento no vió escapatoria posible, pero cuentan que rasguñando paredes se subió al techo y de ahí salto al terreno baldío de al lado de la casa, escapándose por poco de la policía que aún estaba en el patio de la otra, tratando de subirse al techo.
Ese fue el único verano que supimos del hombre gato, fueron solo un par de meses, pero que tuvo en vilo a toda la población, el encuentro y la carrera contra la policía pareció hacerlo desistir de seguir merodeando o tal vez buscó otro pueblo donde esconderse en las sombras acechando a posibles victimas.
Lo cierto es que mentira o verdad, muchos de los niños en esa época hicieron especial caso a sus padres, ya que estos no tuvieron mejor idea que asustarlos con las garras del hombre gato.

jueves 12 de marzo de 2009

Volar

Desde pequeña su imaginación siempre fue muy grande, sobre todo cuando no tenia control sobre ella, o sea en sus sueños, en los cuales todo podía suceder, pero hubo uno que la persiguió por toda la infancia hasta su madurez hasta llegar a ser el único, en el principio una diversión propia de una niña, después como una pequeña obsesión, una distracción de los problemas cotidianos.
Su único sueños era volar, pero su sueño no era igual a los que tal vez tenían los niños de su época, o por lo menos así lo pensaba ella. No soñaba con ser aviadora, recorrer los cielos en alas plateadas a velocidades increíbles, tampoco soñaba con ser la primera astronauta sin temor a lo desconocido, cruzando nuevas fronteras espaciales.
Lo único que quería era volar, flotar por el aire y hacer piruetas como solía hacer Peter Pan en los cuentos que leía en su niñez. su sueño era único como puede llegar a ser un sueño y le pertenecía de modo que jamás se atrevió a contárselo a nadie.
Tal vez algún psicólogo, psicoanalista o cualquier psico que se precie de serlo lo habría denominado evasión a la realidad.
A ella no le importaban las definiciones, en cierto modo era su secreto de la felicidad, pues cada mañana después de hacer su recorrido por distintos cielos, se levantaba con una renovada alegría sin preocuparse, o tratando, de las adversidades.
Así fue que creció, entre realidad y fantasía, agobiada vivía sus días, tratando de no ahogarse en los problemas cotidianos, tratando de sobrevivir en un mundo hostil, viviendo su realidad mortal, ansiosa porque llegue la noche para escapar a un mundo solo conocido por ella, para surcarlo con nuevas piruetas y sentirse feliz por estar ahí lejos de todo, y así vivir su vida inmortal de sueño como todas las noches.
pero llegó un momento de su vida en que la realidad le demostró que la vida no es solo sueños, muchas cosas suceden y la mayoría no son tan felices ni alegres como ellos, que con solo la fantasía de volar no se podía ir a ningún lugar, compendio que los problemas no se iban tan lejos como para perderse infinitamente.
De pronto comprendió que su sueño podía hacerse verdad, su tan anhelado sueño de volar y que no tendría temor ni vacilaría llegado el momento, se iría por los cielos de su niñez.
A la mañana siguiente de la revelación, un transeúnte, cualquiera, de esos que les gusta caminar con las primeras luces del día, sería sorprendido por el cadáver de una mujer a la que le gustaba soñar, en un mundo donde no esta permitido volar.

Dos gatas muy señoronas

Cleopatra y Lulu, Lourdes María cuando su dueña se enojaba con ella, son los nombres de las gatas que vivían en el piso de abajo de mi departamento, siempre tenía noticias suyas y de sus aventuras por su dueña, además que a veces solían ir a visitarme a la tarde y de paso se fijaban si yo tenía algo para ellas, pues como conocía sus gustos y sé que son un poco golosas siempre tenía preparado algunos caramelos, de esos para gatos que se venden en las veterinarias o en los supermercados. Eran dos gatas muy señoronas y mononas que siempre se estaban metiendo en líos; gatunos, por cierto. Que se podía esperar de dos gatas no?.

Cleopatra eran la más señorona de las dos. Su piel brillosa y de varios colores se asemejaba a veces a una torta marmolada recién sacada del horno, pues cuando la tocabas, si es que eras de la suficiente confianza para que te dejes tocarla, era calentita al tacto y si además de ser de confianza, te tenia aprecio comenzaba su ronroneo para demostrarte que eras realmente de su agrado.

Muy pocos tenían ese privilegio, yo era uno de aquellos, pocos, contados con los dedos de una mano, de la cual sobraban varios dedos. Aunque también ella tenía que estar dispuesta y con ganas de que la acaricien, pues sino por más cariño y afecto no se dejaba tocar por nada del mundo. Tenía sus días como todos.

Se pasa todo el tiempo durmiendo en el sillón del living con porte distinguido, siempre mirando de soslayo todo aquello que no le llama la atención. Cabe aclarar que casi nada la sustraía de su mundo, ni de sus siestas, ni de sus aseos matinales que con tanta parsimonia realizaba delante de todos como si nada le importase. . Para ella, su pelaje era lo más importante y lo cuidaba con esmero y meticulosidad. Para que brille más se pasaba lamiéndose y relamiéndose todas las tardes. . Era realmente una señora de alcurnia hasta el aseo lo hacía con tal distinción que parecía una gata de raza.

Salvo, claro está, las aventuras en las cuales se metía Lulu. Siempre con ojo avizor la vigilaba, temiendo que un día de estos se meta en algo que no pudiera salir invicta. Siempre que iba a visitar a mi vecina, la encontraba a ella en su sillón preferido, un viejo sillón de un cuerpo mullido y con el tapizado todo roto, por los años de uso de los humanos y recientemente por los arañazos de su nueva y única propietaria. No dejaba que nadie osara usar su sillón, pues había descubierto que era el mejor lugar de todo la casa para mantener sus uñas siempre afiladas y con el largo correcto. Siempre es bueno estar bien preparado para un buen ataque o una buena defensa.

Lulú siempre estaba en el medio de una aventura o por comenzar una nueva. Lulú era la más joven de las dos, además de ser la hija de Cleo. Un pequeño desliz de su juventud se podría decir, pero a pesar de ello, Cleopatra caminaba con la cabeza bien alta no le importaba ser una “ madre soltera”. No tomaba en serio ninguna insinuación de nuestra parte. Ante la menor mención, nos miraba con desprecio indiferente.

Por ser la más joven, y tal vez por ser una gata sin padre, era Lulú la que se metía en líos y su mamá iba por detrás para salvarle el pescuezo.

Aunque era la hija eran muy distintas entre sí. A ella le encantaba la aventura, correr por todo el departamento. De vez en cuando, desde mi piso se escuchaban ruidos de vidrios rotos, y luego la voz de mi amiga “ Lourdes María” a voz de cuello, pero no en un tono muy serio, será por eso que Lulu hacía lo que quería, porque su dueña se lo permitía. Eran del mismo color, Lulu con un poco de colores más fuertes que Cleo, pero la misma belleza de pelaje. Pero eso sí no la podías confundir con una gata de alcurnia, era bastante torpe en sus movimientos y un poco brusca, tal vez eso lo heredó de su padre; un patán si hogar, sin lugar a dudas, pues nunca se hizo cargo de su hija. Por más que intentase parecerse a su madre no lo lograba, la podías ver caminado toda erguida, la cabeza en alto, la cola bien respingada y cruzando sus patas delanteras con mucha gracias, pero a los dos minutos la veías despatarrada en el suelo por haberse enredado en sus propias patas, su caminar era bastante desgarbado, apresurado, siempre corriendo para ver, para oler o para tocar algo que se le había escapado hasta ese momento. Todos los días descubría algo nuevo. Un ventana que estaba cerrada y ahora estaba abierta o al revés, una arañita en el patio interno, una hojita nueva de la planta del macetero, que prometía ser deliciosa.

Su dueña no podía sacarle los ojos de encima, pues tal cual un niño, la dejabas sola dos segundos y zas! Estaba arriba de la mesa tratando de tirar las velitas perfumadas que la adornaban o sino, desde el piso tratando de enganchar con sus uñas el camino de crochet tejido por la nona tanto tiempo atrás, o jugar con el cable de la plancha mientras planchaba su mamá postiza.

Siempre se metía en embrollos, de algunos salía solita, pero otras veces pedía socorro a su madre que la miraba desde el sillón. En otras muchas menos las descubrían infraganti a las dos.

Pero casi siempre salían invictas de todo problema, no así las cosas que se cruzaban en el camino de sus aventuras, a veces un jarrón otras un vidrio de la ventana, o las medias o hasta los sacos de su dueña. Su dueña feliz y un tanto preocupada me mostraba cada vez que iba los “trofeos” de sus gatitas. Pero a pesar de los embrollos en que se metían, ella las quería como sus hijas y como tal las mimaba.

Una vez que pasaba por allí a visitar a las integrantes de la familia y de paso, tomar algunos mates, mientras nos poníamos al día de las novedades del barrio. Así fue como me enteré de la historia del jarrón de la abuela, que después de muchos años de vida en la familia, y de guardar la margaritas de la abuela que le regala el abuelo en sus años mozos, y las rosas que el padre le regaló a la madre en los tiempos de noviazgo, mientras le robaba besos en el zaguán. Jarrón que gracias a las nuevas integrantes, paso a retiro obligatorio, jubilación obligatoria o como prefieran llamarla.

El jarrón era en cuestión, un reliquia de la familia, que había pasado de la abuela, a la madre y ahora a la hija, y esta a su vez pasárselo a su hija en su debido momento. Pero eso ya no iba a ser posible, mucho no la entristeció, por cierto, era un jarrón bastante feo, y si lo usaba es porque lo tenía, lo que más le preocupaba era como le iba a decirle a su madre su desaparición del la familia, siempre le estaba preguntando si lo usaba. Era mucha más importante para su madre seguir la tradición que ella misma.

Resulta que un día, Lulu estaba jugando con el camino, tejido a mano, que estaba sobre la mesa del comedor y sobre éste, el jarrón con algunas rosas que le había regalado su prometido, pero Lulu no podía saber qué era lo que había sobre el camino, a ella le encantaba jugar con ese camino, era todo caladito, hecho al crochet, con mucho cariño y regalado para adornar la casa nueva, hacia ya tiempo por la nona.

A Lulu le encantaba porque cada vez que le daba un zarpazo con sus pequeñas patitas delanteras, el problema o en realidad lo más divertido para ella, eran que sus uñas se enganchaba en el tramando del tejido, y con pericia felina ella las desenganchaba, hasta que por intromisión de Cleopatra, que seguramente hacía rato que la venía vigilando y tratando de sacarla a ella también se le engancharon las uñas en el tejido y al tirar ambas a la vez tratando de sacar sus uñas, el jarrón fue historia.

Hace ya tiempo que no paso por el primer piso, no veo a las gatas hace mucho, también he notado que ellas no han venido a buscar sus golosinas por días. Me sorprende que tampoco escuche a su dueña ni regañarlas, ni hablar con ellas como a veces solía hacer.

No sé que les pasó, pero cuando tenga tiempo bajaré las escaleras y mientras tome unos mates o un café con Ana, ese era el nombre de la dueña de las gatitas le preguntaré por el silencio de Cleopatra y Lulu.

Así

Que bien se siente, nunca lo hubiese imaginado. Admito que tenía mis dudas, pero ahora estoy tan bien, me siento como en casa.
Claro que el ardor no se lo deseo a nadie, sobretodo en las muñecas, no es muy linda la sensación, pero luego es una calidez que te embriaga tan abrumadora, es dejarse ir así como cuando estas agotada y sentís que el sueño se apodera de vos, es un calor que fluye de adentro hacia afuera y viceversa, sin temor, sin remordimientos.
nada te llega, nada te hace sufrir, y vos ves porque ves como te alejas de todo y de todos y es tan linda esta sensación, ahora estoy segura que mis problemas se acabaron.
Alguien me llama, pero yo no quiero volver, la luz es tan fuerte, tan atractiva, acá me quedo.
Los veo llorosos y preocupados, no sé por qué, yo estoy bien, me gustaría avisarles, decirles , pero mis labios se mueven, sin embargo ellos no me escuchan. Yo estoy bien, la luz es tan cálida, estoy en casa

lunes 19 de enero de 2009

Instrucciones para no sentirse triste.

Si usted esta angustiado, una tristeza le oprime el pecho, le rondan por la cabeza pensamientos nada agradables, manteniéndolo despierto toda la noche, no descansa bien, tiene siempre una lagrima a punto de caer, si le duele el pecho como si tuviera una piedra, sin motivo aparente. Así como de la nada un día se ha levantado triste, siente que la vida no le sonríe de la misma forma que otros días, siente una pesada nube, usted esta simplemente triste o deprimido.
Esta es una guía práctica para que el sol vuelva a brillar para usted y que pueda sentirse más liviano en la vida.
Antes que nada, debe levantarse de la cama, si, porque a pesar de no dormir, muchas veces suele ocurrir que no quiera levantarse de la misma pues no encuentra motivos, la razón es que no hay motivos, pero eso no debe importarle, debe levantarse.
Importante, dese una ducha, siempre es buena reparadora junto a un desayuno rico en proteínas, ¡mímese! Usted sabe como, no importa si no tiene ganas…
Si tiene una mascota, un perro, un gato, un hámster tal vez, o quizás una tortuga, búsquelo, aliméntelo, también puede pasar que en nuestro estado de tristeza absoluta nos hayamos olvidado de alimentar a nuestra mascota. Una vez que su mascota este feliz por el alimento recibido, abrácelo, fuerte, pero no tanto como para asfixiarlo, déle cariño, usted puede, inténtelo, pásele la mano por el lomo, levántelo a upa – Esto no se recomienda si tiene por mascota a un pez, por ejemplo, no lo saque de la pecera, repito no lo saque de la pecera, podría ser motivo para que aumente su tristeza al verlo boquear sin aire.- Inmediatamente verá y tendrá entre sus brazos a un ser vivo que daría lo que fuera por usted, le devolverá en creces el afecto que le acaba de prodigar, y se sentirá una persona que no está sola en el mundo, tiene un ser vivo que le da amor, ¿verdad que ahora se siente más reconfortado?.
Si no tiene mascotas, pero tiene una planta, repita el paso uno, el dos no es necesario, déle agua, si le ve las hojas marchitas ajadas, sáqueselas, límpiele las hojas lindas con un pañito húmedo, también demuéstrele afecto, no es necesario que lo levante, tal vez usted tenga un ciruelo y eso le puede producir dolor de cintura, póngale música suave, siempre se recomienda música clásica, parece que a las plantas les gusta Beethoven, pero le damos la libertad de que la música la elija usted, sienta renacer la vida y esa planta le devolverá el cariño poniéndose linda y única, sólo para usted.
Si usted hizo todo esto inmediatamente luego de la ducha, el siguiente paso es vestirse, póngase ropa cómoda pero linda, no se disfrace de indigente, tampoco de gala, simplemente póngase algo que a usted le guste. Ok si quiere ponerse un smoking esta en todo su derecho, ¿quién soy yo al fin y al cabo?. Un vez vestido, salga a la calle, aunque le dé pereza y desazón, salga a la calle y camine, camine sin rumbo aparente. Pero busque una plaza, así como quien no quiere la cosa, búsquela, camine hasta la plaza que recuerde, recórrela, amíguese con ese espacio verde que hacía tiempo no veía, si gusta usted puede ver los niños jugar en el arenero, sino simplemente busque un banco y siéntese. Si su mascota era un perro, éste puede acompañarlo en su paseo, es más; es recomendable que lo acompañe su perro, si usted tiene un pez, no es recomendable que lo saque a pasear.
A continuación lo que hará es muy sencillo, una vez sentado, tratará de escuchar los pájaros trinar, si no hubiera pájaros en esa plaza trate de trasladarse a otra, busque, escuche a los pájaros cantar, si es una de esas plazas céntricas, y hubiera palomas recuerde llevar migas de pan, aliméntelas pero con cuidado no queremos que desaparezca debajo de una montaña de animales alados desesperados por comer, ya comidas las palomas y ya escuchados los pájaros, levante la cabeza y mire hacia el cielo, sentirá de a poco un calorcito en la piel, es el sol que lo abraza, siéntalo, y escuché los pájaros, recuerde a su gato, perro, tortuga o pez dorado en su casa, esperándolo, recuerde que el cariño que le tienen reservado, sienta un poco más el calorcito del sol en su cara, y de pronto ya no se sentirá ni tan solo ni tan triste como antes…

miércoles 10 de diciembre de 2008

La negra

Qué les puedo decir de la negra? Qué? Para que la conozcan, para que realmente la conozcan, no sabría por donde comenzar
La negra era una Aberdeen Angus de pura cepa, lustrosísimo su pelaje, pero qué decirles, ella nunca se pensó como vaca y menos como animal salvaje, mi niñez estuvo marcada en parte por los caprichos de esta vaca loca que había adoptado a mi madre, mi madre! Como suya propia y de nadie más, claro que parte de la culpa de este robo fue mi misma madre, ya que la crió desde ternerita, dándole todos los gustos como a cualquier hijo primogénito. Celos? No, yo amaba a esa vaca, salvo cuando me hacían buscarla por todo el barrio porque la descarada se soltaba y se iba de parranda, robando flores a todos los vecinos. Sí yo la amaba, mis vecinos no tanto.
Uno piensa como termina con una vaca como mascota? Claro, esa es la parte más fácil de la historia, el comienzo y como todo buen cuento que se lo precie, este comenzó una fría madrugada de invierno, fría y lluviosa, con esa agua helada que cala los huesos y hiela hasta el alma, mi tío que en ese entonces trabajaba como matarife, cuando le llegó el último animal para sacrificar se da cuenta de que estaba por parir, y la vaca como sabiendo su destino, pare ahí entre las piernas de mi tío, que al ver a la ternerita tan chiquita, tan indefensa y tan huérfana, lo esconde hasta que termine su horario, y así en medio de la lluvia, el viento, el frío nos golpea la puerta para ver si teníamos algo de leche para poder alimentarlo, cosa que terminó haciendo mi madre ante la inutilidad de mi tío para esos menesteres.
La negra nos proveyó de leche durante muchos años, mi madre, vieja experta en el arte de ordeñar vacas, era la única que podía ordeñarla ella venía de una chacra de vacas lecheras y se encargaba de todo el reparto a todo el pueblo, si, mi vieja y sus hermanos menores, tal vez tener a la negra la hacía reencontrarse con esa parte de su pasado, tal vez la ponía nostalgiosa y feliz, o simplemente al igual que yo, le gustaban todos los animales. Como les decía leche y todos sus derivados toda mi niñez, leche fresca pura sana, nada de lo que a hoy se le dice leche.
La negra, hacía lo que quería, se escapaba, se iba de paseo a la hora de la siesta aprovechando que el ojo avizor de mi madre descansaba, con mi tenían una relación muy particular, creo que ni siquiera le faltaba hablar, con mi vieja ya habían pasado esa instancia de la comunicación verbal.
Recuerdo que una de sus comidas preferidas era la chala del choclo, cosa que yo odiaba pelar, esos pelitos rubios que quedaban entre grano y grano, eran muy difíciles de sacar, y tenías que tener tal pericia para sacar todo de una, que muy pocos la tenían, mi madre entre ellas, la cuestión era que apenas vernos en el fondo del patio, con dichas chalas en las manos, la negra comenzaba una carrera desenfrenada hacía su dulce preferido, carrera que puede asustar hasta el más valiente de los gauchos, imagínense a dos niñas de 8 y 9 años, edades mía y de mi hermana, si nos habrán retado porque nos asustábamos de la negra, en ese momento admito, no la quería tanto a la negrita. Era una vaca de unos 400 kg, era un volumen bastante importante capaz de asustar a cualquiera en un galope desenfrenado.
Era desobediente, pero entendía perfectamente cuando mi vieja hablaba con tono firme, sabía hasta donde tiraba la soga, y no precisamente la que la mantenía atada. Era pícara, sabía a quien hacer mimos, topetones y cabezazos para que le den agua fresca y la mejor chala de todo el maíz y antes que al resto de los animales, ya que sabía que el animal que comía antes podía comer más, como dije, era un animal inteligente.
Gracias a la negrita salimos en los diarios y en el noticiero local, tremendo susto que nos dimos, cuando se cayó a un pozo, varios decían que estaba quebrada en el fondo, que no iba a poder salir, pero pudo, pudo, tenía una fuerza de voluntad increíble. La ayudaron los bomberos, luego de varias horas de trabajo de poleas, palancas y fuerza de todo el cuerpo de bomberos, pudo salir.
Qué alegría que teníamos nosotros!, yo lloraba preocupada, pensando en que de esta no se salvaba. Mi madre otro tanto, lo peor desde el borde del pozo, le hablaba, la tranquilizaba, y hasta la retaba por andar soltándose y metiéndose en líos, la retaba como una madre reta a su hija que se portó mal, la vaca le contestaba desde la oscuridad, creo que si salió fue por la fuerza que le transmitió desde el borde.
Los años pasaron y la negrita cada vez más desobediente, no le hacía caso a nadie y mi madre envejeció, ya estaba cansada de andar detrás de semejante hija descarriada.
Con dolor, y llanto de parte de nosotras, las hijas, se llegó a la conclusión de que no podía estar más con nosotros, el barrio había crecido, ya no había tantos espacios verdes para que ella pastara, los vecinos, se molestaban cada vez más seguido con los robos de las flores, nosotras con el colegio no teníamos tiempo para cuidarla, mi mamá esta ahora con mi hermana menor, una bebé de meses, a la cual para colmo de males, la negra tenía entre ceja y ceja por robarle el amor de mi vieja, celos como nunca se habían visto.
Llegó una mañana, en la que un camión la vino a buscar, casi de madrugada, como escapándole al tiempo, la negrita se fue a pastar a campos más vastos donde nos prometieron la libertad de una vida tranquila en el medio de praderas verdes, donde su única obligación era cuidar de sus terneros.
Y así se fue de nuestras vidas a una vida mejor, rodeada de verde y de sus hijos.

viernes 21 de noviembre de 2008

La Camisa

A la niña le encantaba que la subiera a su falda, y sentir con su manita pequeña la suavidad de la tela y disfrutar del color, se quedaba arrobada admirando su color.
Era la prende preferida de su padre, ella a su corta edad lo sabía muy bien y a ella le encantaba porque a él le gustaba. Ella se quedaba mirándolo, viendo como se la ponía recién planchada, era toda una ceremonia, los botones uno a uno, dejando los primeros tres desprendidos, las mangas arremangadas del mismo tamaño y el mismo largo inequívocamente. Era buen mozo, y con esa camisa más. La niña lo admiraba, lo idolatraba, lo amaba.
Cuando la familia se iba de paso, por la ciudad en las tardes largas de los domingos, esas tardes frescas que invitan a la caminata, a un helado tal vez. Ella siempre corría adelante jugueteando con su hermana mayor, pero tenía la costumbre de volver la cabeza y verlo, ver que siguiera ahí, atrás de ella, cuidándola protegiéndola, entonces un rapto volvía corriendo al lado de su padre, tomaba su brazo, y lo apretujaba sintiendo un amor tan grande que era imposible de demostrarle, y haciendo caso omiso de los gritos y llamados de la hermana ella se quedaba con la mano enorme y áspera de su mano en la suya, caminando a su lado.

Los años pasaron, la niña fue creciendo, su padre fue cambiando o eso le pareció a ella. Cambió ese amor que se sentían, la juventud la golpeó con rebeldía, para luego ir madurando.
Comprendió que los padres no son dioses, sino simples humanos con desaciertos y atinos, humanos como ella misma a fin de cuentas.
Se alejaron, se lastimaron.
La niña-mujer olvidó aquella infancia llena de colores, risas y libertad, su padre también olvidó aquella época. Hasta que la fatalidad los hizo reencontrarse, pero las palabras no pudieron decirse nunca. Esas palabras necesarias, esas palabras dolorosas y esas palabras que perdonan y olvidan los agravios.
Sin embargo pudieron entenderse, esas palabras ya no necesitaban verbalizarse, se sentían, se sobreentendían, esas palabras que en la agonía faltaron, no fueron necesarias se habían implantado en el corazón de cada uno.
La niña-mujer sólo desde el no-retorno pudo hallar la reconciliación nunca más vería a su padre. SIn embargo su recuerdo vivirá en ella por siempre.
Y su camisa, esa que tanto adoraban ambos, ahora cuelga en su placar perfectamente planchada, esperando a que le arremanguen las mangas a la misma altura, con esa precisión milimétrica

lunes 15 de septiembre de 2008

Glicinas en flor

El verde del césped estaba brillante, tan brillante que parecía que hubiera esmeraldas esparcidas por todo el patio. El sol brillaba intensamente, el día tenía ese dorado indefinido de los recuerdos amorosos de la niñez.
Recuerdo la casa, aún cuando paso por su puerta, la sigo viendo como era antes, mucho antes, cuando la inocencia de una niña no estaba corrompida por la dureza de la vida, ni las tristezas de la existencia, cuando aún buscábamos en las sombras de la luna, míticas figuras, sí incluso creíamos que era de queso.
La mesa enorme en el patio era el encuentro obligado de toda la familia, en los días calurosos, el verano sin lugar a dudas era mi mejor temporada, porque no tenía clases y pasaba ahí todo el día, la mesa, las sillas, siempre ocupadas con tías, tíos, sobrinos, primos. El mate era lo que más se compartía en ese momento, el mate, nuestro símbolo de unidad, de familia, de la charla amena, de las risas y del intercambio ameno y familiar.
Yo adoraba pasar todas las mañanas ahí, y no sólo porque en el fondo tenía una enorme higuera, sino porque era la casa de mi abuela, todos los días pasaba y esperaba ansiosa que me regalara con sus buñuelos de membrillo, pero el trato era que yo le hiciera los mandados, y cuando no tenía nada que necesitar, siempre me estaba ofreciendo para traerle el pan o la carne.
Mi abuela era una mujer dura, con una vida dura, una mujer fuerte, que tuvo que serlo debido a las circunstancias, mi abuela era una persona fuerte, de ella emanaba una luz que enceguecía, era mi luz.
Su casa era vieja, su casa ya le quedaba enorme, pero era suya ganada a fuerza de pulmón, era su casa y la de todos nosotros. Sus hijos, sus nietos.
Era el punto de reunión de todos, nuestro refugio.
Y la mesa, la enorme mesa del patio, debajo de las glicinas, uno de mis mejores recuerdos son las glicinas en flor y la familia reunida almorzando, cenando o simplemente tomando mates.
Las glicinas y mi abuela, están juntas en mi memoria, es mejor recordar eso que otros recuerdos no tan buenos ni tan lindos, pero que sin embargo hacen mi historia.
Siempre que veo una glicina, me vuelve como oleada la presencia de mi abuela y agradezco a la naturaleza por esta simple relación, no digo que necesite ver a una glicina para recordarla, tengo millones de cosas que me la recuerdan, esto es simplemente una más.
Las glicinas en flor, su perfume, la mesa, la casa de mi infancia y mi abuela, siempre mi abuela

lunes 2 de junio de 2008

Los muertos de las cinco de la tarde

Hacía ya varios años que venía haciendo este trabajo. Viéndole la cara, parecería que hiciera toda una vida o que tuviera muchos, muchos años haciéndolo.
Las ojeras eran permanentes, pronunciadas y oscuras, Su mirada se había transformado en una mirada asustadiza, pendiente del más mínimo movimiento a su alrededor, era la mirada de alguien que le teme a todo y a todos. El temblor de las manos, ya no recordaba cuando había comenzado, para ella era natural, le temblaban desde que se levantaba hasta que se acostara, era sin lugar, producto de sus nervios de la falta de sueño, todos estos eran síntomas que hacía tiempo venían acumulándose, pero que extrañamente nunca se lo comentó a nadie, es más hacía mucho tiempo que ya no veía a nadie. Ahora estaba convencida que si se cruzara con alguno de sus viejos amigos no la reconocerían, tan cambiada estaba, tan avejentada estaba que ni siquiera ella se reconocería, hacía tiempo que había dejado de verse en el espejo.
Lo más sencillo hubiera dejado de hacer lo que le lo causaba, pero hacía tantos años ya que no sabría como hacerlo ni que haría sin ello.
Luego de todos estos años, con sus nervios destrozados y su salud quebrantada, comprendió porque nadie quería hacer esa tarea, pero ella era tan joven y sabía tan poco...
La tarea era sencilla, un pequeño ejercicio para una periodista recién egresada como ella, escribir los obituarios del diario zonal, una tarea que como mucho demandaba treinta minutos por día, Los tenía que entregar vía mail antes de las cinco de la tarde, más sencillo imposible.
Un par de frases por nombre generalmente eran las misma de siempre, Amado esposo, devoto padre etc., etc., las palabras que siempre, siempre se dicen en estas cosas, el lugar, la edad, y como fue el deceso. Normalmente eran personas mayores, ancianos con una vida plena y una muerte en paz, los pocos, los que más le dolían eran las muertes jóvenes e inexplicables, accidentes, enfermedades incurables, esas muertes le generaban impotencia, llegó en un momento a tomarles cariño a sus muertos de las cinco de la tarde.
Luego de entregados las redacciones seguía haciendo sus cosas habituales, en su casa, su jardín, tal vez la cena. Siempre en su casa, ya no salía como antes, ya no veía a sus amistades, ahora sólo tenía su casa y los muertos de las cinco. Se quedaba sola en su casa esperando la noche.
Sabía que esa noche no dormiría como no venía durmiendo desde hace varios años, sabía por qué era, y sabía que si realmente quería podía cambiar todo eso, ¿pero en el fondo quería?
Eso no lo sabía bien.
Siempre que daban las 12 en el reloj del living, escuchaba sonidos, escuchaba muebles que se movían, sabía qué era lo que lo provocaba, sabían que volvían por ella, buscaban ayuda, buscaban una palabra para comprender mejor, por eso prefería las muertes apacibles, no era nada divertido estar calmada frente a un cuerpo todo sangriento, o todo demacrado por una enfermedad injusta.
Eran ellos, los muertos de las cinco de la tarde que volvían por ella.

miércoles 23 de abril de 2008

Nunca Antes

Ya hacía varios años que trabajaba en la misma oficina, todo el mundo me conocía y conocía a todo el mundo. Admito que el trabajo era rutinario y a mi la rutina no me va muy bien, pero en esta época de mi vida necesito un poco de tranquilidad, aunque a veces piense que es demasiado; además tengo algunas deudas que pagar y eso es lo mejor para mantener quieto mi espíritu aventurero. Pero paciencia, alma mía ya volarás!.
Volviendo al trabajo, sí era bastante aburrido, todo el día con papeles, formularios para esto , memos para aquello; todo duplicado, triplicado y firmado. Un poco burocrático además de rutinario. En la oficina éramos pocos, unos pobres diablos que, bue todos tenemos nuestras deudas que pagar, pobres diablos resignados muchos a morir dentro de estas cuatro paredes con la misma vieja Olivetti delante suyo. Pero no yo, yo no, yo me voy. Un mes más, uno solo me queda, un mes más y termino con las deudas..
Mientras tanto acá estoy, fotocopiando este memo no sé para que pero me pagan para ello. Paciencia ya falta poco, cada vez falta menos para ir hasta allá cruzar la puerta del despacho del incompetente de mi jefe y cantarle cuatro frescas y luego tener el placer de ver su cara cuando le golpee la puerta en sus narices cuando me vaya. Bueno, en realidad me la voy a perder porque pienso salir sin mirar atrás, sin volver a mirar ese escritorio gris viejísimo con la maquina de escribir que se traban las teclas por fin voy a dejar de lastimarme los dedos con esa maquina del demonio!, las bandejas llenas de papeles, totalmente inútiles. Sin ver la caras atónitas de mis compañeros, sin poder creer en lo que yo hacía. Me gustaría veles la cara pero es un placer del que me puedo privar la cuestión es no volver la cabeza y desde ese instante olvidar . Un dia cada día parezco un preso contando los días que le faltan para salir en libertad.
Un día estábamos en la oficina y como presentimiento de mi huida, llegó reemplazo, bueno no reemplazo mío, para cubrir una vacante ya existente, supongo que se necesitaban más copias de formularios.
Era toda una visión, delgada, alta, etérea con una cara angelical que hacia que te preguntaras como diablos había terminado en este rincón perdido de la burocracia argentina. Me sorprendí al verla no es que anduviera mirando a mis compañeras, pero había algo en ella que me llamaba la atención un halo que la envuelve. Muy perturbante, imposible dejar de percibirlo. Extraño y a la vez intoxicante, embriagante, aditivo, esa es la palabra.
No entendía lo que me sucedía, no tenía ningún tipo de explicación para esta turbación que sentía crecer en mi. A medida que pasaban los días no disminuía como pensé que sucedería. En su momento lo atribuía la novedad de tener nuevo compañero y encima que era mujer .Algo loco si se lo pone a pensar.
Comprendí con el paso del tiempo que esa turbación era recíproco, lo sentí en sus miradas, en sus comentarios hacia mi. Sentí una especie de persecución por parte ella, algo muy sutil casi imperceptible. A pesar de todo no poseía la fuerza necesaria para escapar.
Hubo un momento en que la turbación fue tal que corrí hasta el baño para tomar un poco de aire y despejar mi cabeza, estaba yo en los lavabos de espalda a la puerta cuando el ruido de la misma me indicó que alguien había entrado cuando la vi en el marco de la puerta me sorprendí pero a la vez fue como una especie de, como decirlo, como un respiro profundo, un suspiro de alivio de que sea ella y no cualquier otro.
Me miró y yo tontamente me quede petrificada, inmovilizada contra los lavabos, sin atinar a nada, mirándola hipnotizada, todo pasó en un segundo pero yo tenía la sensación de que el tiempo estaba detenido. Caminó hasta mi, me tomó de la mano y me llevó a los excusados. Allí dentro, en un cubículo tan pequeño, me sorprendí que entráramos, tuve el mejor sexo de toda mi vida. Fue algo sorprendente porque no cruzamos ni una sola palabra ni ella, ni yo el silencio fue tácito, pero lo más raro de todo es que fuera con otra mujer.
Al tiempo me fui, no la volví a ver. No es que lo quisiera, pero tampoco fue fácil olvidarla, de vez en cuando su rostro vuelve a mi desde las tinieblas de mis sueños.

Si me preguntan por ella... ella no fue nada; sólo ella.

miércoles 30 de enero de 2008

Domingos de Faena

Los domingos de faena eran días de fiesta en el barrio, todo el mundo se levantaba temprano, sabiendo que se necesitaba su ayuda, y sabiendo además que tal ayuda iba a ser recompensada y bien pagada,

Empezaban a caer los vecinos con los primeros gritos del animal, siempre el cerdo pesaba alrededor de 150 a 200 Kg., eran siempre bestias imponentes, criados para tal fin, sabiendo cual iba a ser el fin de su existencia desde el momento de ser paridos. Eran días de fiesta, menos para el pobre animal, eso queda clarísimo.

Los niños se dividían en dos bandas, las niñas que se tapaban los oídos para no sentir los chillidos desgarradores de los últimos minutos de vida, y los niños que correteando se mezclaban entre las piernas de los mayores para ver si podían ayudar en algo, aunque sea alimentando el fuego que tan necesario era para pelar al enorme animal.

Pero antes debía ser colgado, atado fuertemente para que no se cayera y lo más importante debía ser matado de un golpe certero de cuchillo en la garganta y tratando de que no sufriera demasiado, eso decían los viejos afectaba al buen sabor de la carne luego.

Los hombres, giraban alrededor del cuerpo del animal puesto sobre la mesa, y le fuego que no debía apagarse, tarea esta encomendada a los chicos, tan dispuestos a ayudar, pero lo divertido, según ellos no es alimentar el fuego sino estar ahí, entre ellos, cuchillo en mano, pelando, destajando cortando, trozando, como si la vida, la muerte y el hilo invisible entre ambas fuera un simple hilo de atar embutidos fáciles de cortar.

El fuego arde, purifica, cocina, limpia. La zona parece lugar donde se haya dado un atroz encuentro, tal vez sea así pero sólo para una de las partes. Todo esta dispuesto, en tablones, de lo que antes era un cuerpo incorrupto, lleno de vida, ahora solo eran trozos por arriba y desperdicios por abajo, el circulo de la vida y la victoria del más poderoso.

El sol se va ocultando detrás de los altos sauces, el fuego se va apagando, toda la carne ha sido condimentada, embutida, salada. Los vecinos se van despidiendo con su recompensa en platos y fuentes. Los chicos sucios desde el pelo hasta los pies, cansados aún con las últimas fuerzas reniegan del baño indiscutible, pero más reniegan de que saben que se termina el día y que al otro se vuelve a la rutina diaria del colegio y las tareas.

En el fondo de la quinta, aún faltan limpiar tablones ollas, cuchillos, los perros hociquean entre charcos de agua y sangre y los desperdicios de toda esa fiesta tratando de encontrar algo que comer, más por vicio que por hambre.

Un cerdo menos en el corral, los otros ajenos a todo lo que pasó, sólo esperan a que les llegue el alimento diario.

martes 4 de diciembre de 2007

no existen los adios

Elsa y Alfredo tenían de esos amores que no dan respiro, de esos en donde la pasión quema todo a su alrededor y a ellos mismos. Se habían conocido en el liceo, ella iba a cuarto año, él era el hermano de su mejor amiga, una vez, cuando él fue a buscar a su hermana, sus miradas se cruzaron y en ese mismo momento presintieron ambos que no podrían estar el uno sin el otro.
El tiempo pasó, ella iba a visitar asiduamente a su amiga a su casa, la excusa perfecta para encontrarse en los pasillos oscuros del caseron de boedo por Alfredo.
Su amor era enorme y nada podía detenerlos, Alfredo le propuso matrimonio apenas egresada, el contaba con apenas 21 años, pero la fuerza de su amor, le hacía invencible para vencer cualquier obstáculo que lo alejara de Elsa.
Pero , lo impensado , pasó, la guerra estalló, y Alfredo partió a tierras lejanas a luchar una batalla que no le pertenecía.
Alfredo nunca volvió. El combate fue cruento e interminable, hubo muchos que nunca más volvieron, Alfredo fue uno más, pero no para ella que lo esperaba, ella que releía sus cartas una y otra vez, para ella que lo esperaba mientras cocía su vestido de novia, mientras soñaba con entrar a la Iglesia, verlo ahí esperándola todo serio con su traje, y la vida juntos y los niños que vendrían, lo esperaba soñando ese futuro juntos que habían deseado desde el primer cruce de mirada, años atrás.
Elsa nunca volvió a casarse, los años pasaron y se fue quedando sola en su casa de la niñez.
Se fue volviendo huraña y los vecinos hablaban por lo bajo que hablaba sola, siempre estaba murmurando cosas cuando salía, y hacía ademanes como si hablara con una persona, que nadie más veía.
Invisible para ellos. Alfredo había vuelto, hacía muchos años, la acompañaba a hacer las compras, y la ayudaba a regar las plantas del patio, le decía cosas hermosas en la cama enorme, la había acompañado cuando los padres asustados por el deterioro de su hija, decidieron un cambio de aire y la llevaron a la costa, Alfredo la acompaño mientras hacía su duelo de mujer enamorada.
Y Fue Alfredo quien la espero, serio y erguido, preparado desde el amanecer de esa mañana gris de otoño luego de muchos años, para llevársela con él a otro lugar donde podrían volver a sentirse sus caricias y sus besos, donde no la trataran de loca por hablar con él, donde la dicha de ese amor resplandecería como nunca antes.

jueves 15 de noviembre de 2007

El insomnio de las iguanas

Cuenta la leyenda que en la selva hubo un tiempo donde todas las especies que ahí habitaban lo hacían en armonía unas con otras. La paz reinaba por sobre todas las cosas.
Esto era el resultado del antiguo consejo que reinaba en el centro de la selva, el de las iguanas, uno de los consejos más sabios que supo haber en la selva, esto se debía a la buena gestión, a la inteligencia con la que aconsejaban y al amor que le dedicaban a su trabajo, al poco egoísmo, pues estar en el consejo confería un poder enorme con el resto de los habitantes, pero las iguanas a eso nunca lo tuvieron en cuenta, siempre pensaron en lo mejor para que la armonía fuera larga y duradera porque ellos pensaban que si todos estaban unidos, nadie podría vencerlos. Nada para ellas querían, todo lo dejaban en el concejo.
Lo único que exigían las iguanas era que no las molestaran en su siesta diaria pues de ahí venían sus visiones para un mejor gobierno.
Pero una vez, un grupo de yacarés envidiosos, envidia por pertenecer al consejo pues según ellos, al ser verdes y reptiles también tenían el mismo derecho de pertenencia, más lo que ellos sólo querían era la fama y el poder, porque pensaban que con semejante cargo, todos les deberían rendir pleitesía y todo, todo lo que pidieran debería ser concedido, y era esto justamente lo que no entendían de las iguanas, porque no hacían valer su estatus dentro de la selva, no podían entender que las iguanas no reclamasen para ellas mismas ciertas licencias del poder.

-Son unas tontas estas iguanas, debemos sacarlas del poder, nosotros haremos muchas más cosas, pero por sobretodo disfrutaremos mucho más!

Una tarde en la que el sol abrazaba la tierra, los yacarés se unieron para interrumpir el sueño de las iguanas, y lograr así que el caos reinara en la tierra y sería obligatorio elegir nuevos integrantes del consejo.
Fueron a ver a un viejo lechuzo que solo vivía en la rama seca de un árbol, a pedirle bajo engaños una pócima para no dormir, le dijeron que era para la marmota que se quejaba de que se la pasaba durmiendo y no disfrutaba del sol, ni de la vida. El lechuzo poco le importaba lo que hiciera la marmota, pero igualmente accedió al pedido, tal vez sea mejor para todos que la marmota duerma un poco menos, y de debajo de sus viejas alas, y de un hueco en el tronco donde era su casa, sacó hierbas y otros yuyos, los mezcló a todos, los hizo polvo con un viejo mortero. Terminado todo el proceso les dio el polvillo a los yacarés diciéndole: - con sumo cuidado viertan una pizca en el agua que beba la marmota-.
Más los yacarés de que cuidados y medidas no sabían nada, vertieron todo el polvo en el bebedero de las iguanas.
Cuando las iguanas bebieron el agua el cielo se oscureció, la tierra tembló, los pájaros cuya intuición era grande y certera emprendieron el vuelo todos juntos en un descontrol y un graznido que no auguraba nada bueno, las crías de todas las criaturas gritaron al unísono, los yacarés que no previeron que todo esto iba a pasar se asustaron, pero igual pensaban que todavía podían tomar el control, no se amilanaron y siguieron aguardando a que el caos y la confusión reinaran en la selva, para llegar ellos como salvadores, Las iguanas no durmieron ese día, el tiempo se aquieto, se silencio todo, el aire se hizo pesado, faltaban las visiones de ese día, al siguiente día tampoco durmieron, ni al siguiente, ni al siguiente, todos los animales aguardaban a que el sueño venciera a las iguanas, para que el mundo siguiera al ritmo de antes, a la armonía que conocían.

Más las iguanas no durmieron nunca más, y la selva fue apagándose, llegaron grandes monstruos de metal que todo lo destruyeron, y cuando pedían consejo a las iguanas; éstas por sufrir todavía del insomnio que las invadía nada pudieron hacer, y las máquinas vinieron y devoraron la tierra de la que todos eran dueños desde siempre. Y los yacarés por más que esperaron, no se hicieron con el poder, porque ellos que esperaban en las costas de los ríos, fueron asustados por maquinas enormes que flotaban por sobre el agua con grandes torres de humo negro, y bocas dentadas que arrasaban con las especies que vivían en el agua.
Vinieron los hombres, con palos y puntas de metal y cazaron a aquellos que a nadie molestaban, destruyeron la paz, y las iguanas impotentes, veían ante ellas como su mundo se desmoronaba y nada podían hacer, el sueño que se había ido hacía tiempo, las dejaron sin las visiones
Los yacarés viendo lo que habían producido, fueron arrepentidos a confesar y pedir perdón al consejo. Más nada se pudo hacer, salvo huir más hacia el centro de la impenetrable selva, huyendo del hombre y de los monstruos mecánicos, cada más adentro huyendo sin descanso.

Aún hoy, por sobre el ruido de las máquinas derrumbando árboles, se puede oír el ulular del viejo lechuzo, buscando una cura para el insomnio de las iguanas y así puedan hallar una solución para desterrar al extraño animal que camina en dos patas y tienen esos grandes monstruos de metal que hacen lo que ellos quieren...

martes 6 de noviembre de 2007

El mocoso

-En mis tiempos mozos…-
Con esta frase siempre comenzaba don Emilio sus historias.
Todos en el bar se sumían en el silencio, esperando sus anécdotas, éste era un típico bar de barrio, mesas y sillas de madera, la vieja cafetera, la misma de hace 20 años atrás, nueva por aquél tiempo. Las botellas de licores, en repisas detrás de la barra cubriendo el vidrio manchado por el tiempo.

Don Emilio era uno de los tantos parroquianos que se daban cita en el mismo bar desde siempre. Algunos se preguntaban cuándo había llegado por primera vez al bar, ¿y al pueblo?, pero nadie lo recordaba, nadie tenía una fecha cierta. Era como el bar, siempre había estado, siempre iban a estar, uno en la esquina frente a la plaza, con los grandes ventanales abiertos de par en par en verano y en invierno, con la estufa a cuarzo en el rincón, y el otro en la mesa para uno, frente a uno de los ventanales que daban a la plaza, la principal del pueblo, en donde esta la consabida estatua a las madres, al bombero y a algún personaje ilustre que mereciera tal premio póstumo. Nadie sabía de donde había venido, nadie sabía de su pasado, y poco importaba. Era un personaje más del pueblo, pintoresco y misterioso.

Llegaba al atardecer a tomarse un café, casi siempre a la misma hora. Ese momento indefinido entre la muerte de la tarde y el nacimiento de la noche. El mozo, cantinero y único dueño del bar sabía que para él era un café, sólo, sin azúcar, en vasito, y uno de soda. El rito era invariable, como los comienzos de sus historias.

- En mis tiempos mozos a mí me decían el mocoso- así había comenzado esa tarde destemplada de agosto-Yo era muy inquieto mi madre me dejaba hacer, pues no me podía contener dentro de la casa, mi padre había muerto hacía tiempo. El recuerdo de su rostro, de sus abrazos y de su voz, clara y fuerte, se iba nublando cada vez más con el paso del tiempo.

Yo tenía alrededor de 10 años, eran tiempos de los pantalones cortos, usaba siempre una boina que había sido de mi abuelo, padre del mío. Los botines estaban viejos y desgastadas sus suelas. Mi madre miraba con reprobación, pero la plata no sobraba como para unos nuevos. La pensión de mi padre apenas nos alcanzaba para comer, y gracias a dios que la casa, pequeña, era nuestra. A veces mi madre aceptaba ropa para remendar de las vecinas acomodadas del barrio, eran los ingresos que destinaba para mis cuadernos, siempre decía que la educación era lo que nos abría infinitas puertas. Yo, la verdad, en ese tiempo prefería ir a jugar a la pelota con los otros chicos del barrio, o escaparnos hasta la vieja fábrica que estaba como a 10 cuadras de mi casa a terminar de romper los vidrios a cascotazos.

Después de unos años, cuando crecí un poco más; tomé conciencia que mi madre no podía con todo. Comencé a trabajar vendiendo diarios en la esquina de la plaza, también ayudaba a Don Zoilo, dueño del almacén de ramos generales, pasando la escoba o ayudando con los paquetes de mercadería que llegaban desde la gran capital.

Y así fui creciendo, hasta que un día mi madre, muy enferma, murió. Sentí que en ese pueblo ya no tenía nada que hacer. Cerré la casa a cal y canto, arme un revoltijo con mis pocas ropas y me fui.-

En ese momento Don Emilio se quedó en silencio sumergido en aquella época, se le podían ver los ojos vidriosos, nostalgioso ahí con su café ya frío, todo blanco en canas, con su vieja boina y su piel llena de arrugas, evidencias de la vida dura que había tenido. El silencio persistía, parecía que esa tarde no habría final. Todos se quedaron pensando en cómo continuaría ese relato, y en qué historia se había perdido.

Lo que quedaba por contar, y es justo donde se detuvo Don Emilio, era la verdadera razón por la cual se había ido de ese pueblo y de porqué no se sabía nada de su pasado, salvo por las historias que él mismo contaba.

Lo que nadie podría saber nunca, aquello que lo detenía en el momento justo, era eso que le hacía vidriar los ojos. El recuerdo de una cabellera larga y morena, oscura como la noche, y unos ojos azules como el agua de un manantial. Una hermosa mujer que no podía ser dueña de su destino, a la cual amó durante toda su vida y seguirá amando hasta el día que muera. Lo que tampoco nadie sabía- y que nadie debía saber- era el porque no se pudo consumar ese amor.
La prueba de su huída, de su amor no consumado estaba escondida en el fondo de un cajón en la habitación más escondida de su casa, su documento.

Ahí estaba la verdad de Don Emilio, esa verdad que escondía y tapaba con miles de historias, esa verdad de la que huyó cuando era pequeño, esa verdad que lo avergonzaba, esa verdad, de la cual renegaba con toda su sangre y su ser.
El papel donde decía para todo el mundo quién era en realidad, donde decía quién debía ser, a pesar de lo que sintiera, a pesar de lo que sufriera siendo lo que no se es de alma.

En ese papel, figuraba su verdadero nombre: Doña María Emilia Álzaga.

martes 28 de agosto de 2007

La boticaria de la tercer puerta

Borrador (dedicado a la muzza con aceitunas sin carozo y su inseparable fainá)


Cuenta la historia que todas las almas vuelven a esta tierra. pero antes de que esto suceda, allá arriba en donde todas esperan su vuelta con el boleto en la mano deben pasar por tres puertas.

La sala de espera es enorme, con grandes ventanales por donde entran oblicuos los rayos dorados de un sol cálido y amistoso, en el centro, grandes bancos de maderas dura, incomodos a primera vista y largos larguísimos, en la única pared que no tiene ventana estan las tres puertas antes nombradas, de color blanco como las paredes, normales de madera con los números uno, dos y tres hechos en bronce, uno en cada una de las puertas respectivamente. Arriba de las tres puertas había un gran marcador de turnos con luces celestes, que indicaban número de puerta y el número que retirabas en la puerta de entrada a la sala en una computadora de autoconsulta.
Generalmente el tramite era rápido, pero había una demanda, la sala estaba siempre a reventar de gente, lo que hacía que algunos se impacientaran. Y es ashí cuando angeles entraban con armoniosas arpas que tocándolas calmaban a los impacientes, hacían tan bella música que ptonto olvidaban porque se habían exasaperado.
El ritmo de atención era dinamico y continuo, claro hay que tener en cuenta que ahí el tiempo es totalmente relativo, y no lineal.

Cuando abrías la primer puerta con lo que primero te encontrabas era con un viejito de bigotes mostacholes con sus puntas retorcidas mirando hacia arriba, vestido con un mameluco blanco purisimo. En la oficina no había escritorio sólo una silla grande enorme, tipo sillón en el centro, enfrente a ella una pantalla enorme y detrás un proyector. En las paredes, altisímas; no veías el techo de tan alto que estaba, estanterías, todas las paredes con estanterías, y estas llenas de rollos de pelis, de costado a costado, desde el pioso hasta el infinito, incluso cuando se cerraba la puerta, esta desaparecia entre estanterías.
Esta era la sala de las proyecciones, entrabas para ver todas tus acciones y pensamientos durante tu vida en la tierra, desde el nacimiento, incluídos los recuerdos cálidos y húmedos del vientre materno, hasta la última vista del cuerpo ya sin vida mientras vas ascendiendo. Terminada la proyección el viejito te daba un formulario, Con el formulario en la mano volvías a la sala común de espera a que te llamaran para la segunda puerta.

Esta habitación no era parecida a la primera, las paredes blancas estaban vacías y en el medio de la habitación un enorme escritorio antiguo de madera, muy pesado, lo único que habia sobre el escritorio era una computadora, una impresora y dos bandejas para papeles. Detrás del monitor una anciana tecleaba con ritmo continuo y un tanto acelerado.
Esta era la habitacipon del nuevo contrato, la anciana vestida con una túnica blanca y larga te recepcionaba el formulario que te daban en la primer puerta, lo cargaba en la computadora y lo dejaba en una de las bandejas, de la otra tomaba un formulario nuevo, vacio que cargaba en la impresora y apretando varias teclas, mandaba a imprimir, luego de que un programa cotejara todos los datos ingresados, esa hoja recién impresa era entregada con gran parsimonia y ahí constaba lo que tenías que hacer en tu próxima vida, para que no tengas que volver a la tierra. O sí lo hacias mal volvías a la gran sala de espera y de nuevo las tres puertas o si hacías muy bien lo de la hoja y con extras pasabas directo al complejo habitacional.

Detrás de la tercer puerta estaba ella, toda de blanco, ni tunica ni mono remera y jeans, levis, all star,algo sucias, pero blancas al fin; moderna, juvenil. Su mirada penetranto y sumamente analítica asustaba. Era el paso definitorio para la vuelta al plano material, volver a ser, ser o no ser, por eso el terror de muchos a esa mirada escrutadora, definia tu nueva vida.

Apenas entrabas y se te quedabamirando fijamente por sobre los lentes intimidatoriamente y luego se acercaba a las paredes que estaban cubiertas de cajones y cajoncitos de madera oscura como una botica antigua, pero con la diferencia de que ahi no había remedios, ni yuyos. Lo que había definían tu personalidad. Entrabas para que te clasifiquen, en los cajones habpia cuadrados, triángulos, circulos, diferentes tipos de panes, cartas de póker animales y totelm, pases para entrar al circulo central o a los periféricos, papeles en bollito y papeles perfectamente doblados. Todo todo servia para una clasificación, lo que a su vez definiía tu existencia.
Tal vez si le caías bien sacaba lo mejor de esos cajones y tu vida sería fácil y te facilitaba para pagar tu karma y asi no volver jamás. Por eso la tercer puerta era la más importante.

De ella dependía tu eternidad, así que cuando te toque entrar para ser atendida por la boticaria de la tercer puerta entra humildemente, sé sincera con la mirada. Recuerda que ella es la reina de las clasificaciones, y se da cuenta de todo con sólo mirarte a los ojos.

jueves 9 de agosto de 2007

Silver a la Criolla

La yegua de mi tío era bastante arisca, recuerdo que sólo se dejaba montar por mi tío, él; un gaucho de bombacha y botas de cuero de potro, era todo un personaje, andaba siempre con su facón en la cintura y el rebenque presto a usarlo, silencioso, meditativo, le gustaba pasar horas mirando el fuego de la cocina a leña mientras fumaba los cigarrillos que él mismo liaba.
No tenía muchas posesiones, salvo la silla de montar y su yegua, blanca y de un carácter bastante endiablado. Siempre que la veía me hacía recordar a Silver el caballo blanco del Llanero Solitario, visto hasta el cansancio en las viejas historietas del almacén del pueblo que llegaban desde la capital, revistas que Don Julio me dejaba hojear todas las veces que quisiera si le barría el piso y le lavaba los vasos que usaban los parroquianos cuando se tomaban algo mientras las doñas hacían las compras.
Soñaba yo con montarla un día y que se pare en sus trancos traseros como el caballo de la historieta.
De acercarme pues, solo llegaba a unos tres metros de ella, parecía oler mis intenciones y comenzaba a relinchar y se encabritaba y bufaba tan fuerte que siempre sacaba a mi tío de sus cavilaciones y yo salía corriendo.
Igualmente no cejaba de mis intentos, bien dicen que el esfuerzo es recompensado con creces y que todo lo que vale la pena cuesta trabajo, así estaba yo y así estaba ella, los dos en posición firme, estudiando ambos los siguientes pasos del contrincante.
Todos los días en cuanto tenía un rato libre y estaba la yegua pastando tranquila yo no desistía de mi empresa.
Hasta que un día creí que era el vencedor de esta lucha silenciosa, entre el hombre y la fuerza del bruto y noble animal, me creí que yo había sido el más inteligente, el más rápido de ambos, pero pronto habría de darme cuenta, dolorosamente debo decir, de mi error.
Creí haberla cruzado distraída y así a pelo nomás tomándola de las crines y de un solo salto certero digno de Juan Moreira en plena carrera huyendo de Chirino me le subí, solo un segundo tardó en darse cuenta de lo que sucedía y comenzó un trote que a los minutos era una cabalgata desenfrenada a campo abierto.
Yo reía enloquecido, no sé si por miedo, o porque realmente estaba convencido de haber ganado esa contienda. Cuando me dí cuenta de sus verdaderas intenciones ¡yegua del demonio! me acuerdo y me duelen mis viejos huesos todavía; ya era demasiado tarde.
Íbamos a carrera enloquecida hacía un enorme árbol en medio de la nada y por más que tirara de las crines para que se desviara, el maldito animal más derecho enfilaba, mi risa se cortó como un una cuchilla grande y afilada de las que se usan para cuerear las vacas. Contuve el aliento, nos veíamos a los dos, animal y hombre estampillados contra el ancho tronco
Pero a último segundo el animal sin detener la marcha se desvió y viendo las ramas más bajas, las sentí más que verlas en mis costillas y otras rasparon toda mi cara, sentí el calor húmedo de la sangre que manaba de mi rostro, quedé ahí colgado de las ramas más gruesas, como ropa en la cuerda y ella libre de todo peligro y sin su indeseable jinete, ahí a unos metros mirando; casi, casi con una sonrisa burlona en sus ojos.
Desde ese día nunca más me le acerque, aprendí la lección que no sólo era un mozo sin experiencia al lado de esa yegua, sino que también comencé a mirarla con un respeto terrible.


No puede quejarse Doña E, me esta haciendo laburar....

lunes 6 de agosto de 2007

Microcuento IV

Estaban todos escondidos en el bosque, esperando a algun indefenso principe de los que solian buscar bellas doncellas para despertar con un beso. Ellos eran siete todos enanos por ende fáciles de ocultar, detras de los troncos entre las ramas..siempre esperando con sonrisa maliciosa y un brillo demencial en sus ojos....
de repente, aparece por el camino una pobre viejecilla que ganaba sus centimos vendiendo manzanas por las casas de los campesinos..ellos se abalanzan y hieren sin darle muerte, media moribunda la llevan a una casa escondida en el bosque, con una puerta pequeña donde entraban ellos apenas y donde la viejecilla tuvo que ser metida a los empujones pues eran un poco grande, lease rellenita...
-que trajistes?? :.-una voz desde dentro; una voz fria y calculadora. la voz de alguien joven pero vieja,totalmente carente de sentimientos.
-Comida!!- respondieron a coro los siete.y terminando de decir esto depositan el cuerpo de la anciana sin sentido sobre el piso de la cocina...