María estaba sentada en su escritorio, con una pila de papeles delante suyo, listos para que los revise y los archive.
Era lunes, primera hora de la mañana, era lunes pero podría haber sido martes, miércoles cualquier día de la semana, la pila no variaba, su trabajo tampoco.
Tenía el mismo trabajo desde hace más de quince años, sabía muy bien lo que tenía que hacer y lo que esperaban de ella, y ella no iba a dar ni una pizca de más de lo que esperaban.
Poco le importaba las tareas de la oficina, tenía en su cabeza otra cosa, mucho más importante: la noche del sábado, qué usaría, qué se pondría….eso era mucho más vital que una pila de papeles para archivar.
María no era una de las bellezas de la oficina, eso nunca podría decirse de ella, no era infartante ni te dejaba sin aliento si se cruzaba en tu camino. Tampoco se podría decir que estaba en la primavera de su vida, María tenía esa edad indefinida en que te dicen señora por más que no estés casada, y que aún no eras tan vieja como para ser abuela, si es que tenías hijos que te hicieran abuela, María no tenía hijos, ni sobrinos, No estaba casada y nadie, ninguno de sus compañeros supo o le conoció novio alguno en ninguna reunión o fiesta laboral, el estado sentimental de María era un enigma para toda la oficina.
Era miércoles por la tarde, estaba en plena reunión donde estaban explicando los lineamientos generales del trimestre corporativo, mas ella tenía otra cosa en la cabeza; el vestido que iba a usar el sábado , era simplemente fabuloso, con un escote profundo y su espalda al descubierto estaba convencida de que tendría un éxito rotundo en la noche del sábado, todos los hombres caerían rendidos ante sus encantos, todos debidamente mostrados por el vestido que realzaba cada uno de ellos de manera impactante. De la reunión poco y nada retuvo, luego de tantos años ahí dentro ya se sabía de memoria todos los lineamientos posibles para aumentar la productividad y aumentar las ganancias. Poco retuvo de la reunión pero ya tenía en claro qué zapatos combinarían divinos con el color del vestido y la cartera que hacía juego con ellos, Los había visto en el escaparate de una tienda de diseño, estaban un poco fuera de su presupuesto, pero la noche del sábado lo ameritaba, ¿total, qué le hacía comer arroz durante un mes?, lo había hecho tantas veces que una vez más no le iba a implicar tanto.
Ya al viernes no le salía ni trabajar, siempre le pasaba los nervios de la cercanía del sábado no le permitían hacer su trabajo correctamente, lo único que le quedaba era tratar de pasarlo disimuladamente y rogar que su jefe no la llamara por nada en particular.
Ya tenía cita para el peluquero el manicurista, y la depiladota para el sábado a la mañana, a la tarde la tenía reservada para una siesta reparadora y así no estar con ojeras de cansancio a la noche.
Y Llegó el sábado, tan largo y ansiosamente esperado, vestida perfumada, peinada se dirige a la milonga del barrio, el vestido le queda pintado, si bien hace rato que ya pasaron sus quince años, ella se siente una quinceañera tontamente emocionada, pensando en que bailará y reirá toda la noche y que la rodearan caballeros de toda la ciudad, caballeros de traje y bombim, fumando exóticos habanos, a ella no le gusta el olor a humo, pero sabe que fumar habanos es de otro estatus, uno al que ella no le molestaría entrar.
Y aguantó todo lo que pudo, movió el pie al ritmo de la música toda la noche, sólo se atrevió a tomar agua sin gas para que el alcohol no le hiciera perder compostura, toda la noche estuvo sentada obediente en su silla esperando a que algún señor, de esos con habanos y sombrero la sacara a bailar una pieza, pero no hubo caso, su vestido tan largamente pensado, su peinado nada logró esa noche.
Abatida en las primeras horas de la madrugada, con la tristeza que empaña su vista, toma el taxi que la devolverá a su casa, un departamento de dos ambientes chicos y oscuros, en barrancas, donde la única vista que tiene es una gran pared manchada de humedad del edificio de enfrente.
Ya en su casa mientras se prepara un café con leche, como todos los domingos a la mañana, se saca su vestido y lo cuelga primoroso en la percha que le designó a tal modelo, se cepilla con parsimonia cien veces su larga cabellera, se quita con pequeños algodones el maquillaje restante. Cuando el café está listo, ella también, prende la televisión para mirar el canal del noticiero y de a sorbos va bebiéndolo, no presta mucha atención a las noticias que se van sucediendo una tras otra a través de la pantalla, ya tiene en mente otra cosa mucho más importante que todas, la noche del sábado próximo.
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