martes 26 de abril de 2011

La cuidadora

Hace mucho tiempo, no sabemos bien cuanto, en un paraje remoto había una pequeña aldea todos se conocían, todos en algún momento del día se cruzaban en la plaza del pueblo o porque ibas a buscar hortalizas para la comida o buscabas agua potable de la fuente del centro de la plaza, o si eras hombre seguro te cruzabas en la única taberna; antro, oscuro y mal oliente, sin ventilación en donde los hombres, una vez terminadas las faenas diarias, sea en el cultivo de lo que sería su alimento o en el cuidado del ganado, se reunían a tomar cerveza de tonel y a fumar asquerosos cigarros armados.
En las afueras de la aldea había un bosque, un bosque al que nadie entraba, algunos hablaban de duendes, otros de brujas o simplemente de animales salvajes nunca antes vistos.
En el comienzo del bosque, lejos del camino a la ciudad había una choza, desde el camino era imposible de ver, tenías que caminar entre tupidos arbustos y rodear enormes pinos, ancestrales árboles que han estado ahí desde antes del hombre, para poder verla, era una choza chica, solo entraba una sola persona con lo mínimo una mesa, un camastro, y un fogón para caldearla y que se cocine la comida con una chimenea que humeaba durante todo el día y toda la noche, a la choza no la podías ver por lo tupido del bosque, pero el olor a comida era inconfundible, si tenías buen olfato, podías encontrar el camino sin ningún problema.
Sin embargo la persona que vivía en esa cabaña en el medio del bosque no era bien vista en el pueblo, las pocas veces que iba no hablaba con nadie salvo lo justo y necesario, no necesitaba del agua de la fuente, cerca de su casa tenía un arroyo y de ahí sacaba toda la que necesitaba. Las mujeres no la querían porque no se prendía en el cotorreo propio de mujeres aburridas, hijos no tenia, sus ropas eran viejas y ajadas y muchas veces se olvidaba de lavarlas, estaba tan acostumbrada a la soledad del bosque, a sus ruidos a la vida simple de la naturaleza que poco le importaba lo que dijeran los demás.
En los días de tormenta cuando todo el mundo corría a sus casas para guarecerse de la lluvia, esconderse de la naturaleza el miedo a la ira de dios era mayor a cualquier otra cosa, mientras durara la tormenta no se trabajaba, las mujeres no charlaban no se juntaban al lado de la fuente y se ponían al día con los chismes diarios, los hombres no eran muy distintos, la taberna seguía siendo el lugar más concurrido, pero el ambiente era opresivo, los ánimos estaban bajos, todos se ponen taciturnos y de mal humor, toman su cerveza en silencio o mascullando maldiciones por la lluvia, la cosecha que se pierde, los animales que se mueren y todo lo que podía ser culpable la naturaleza, o sea todo.
Más la habitante de la choza del bosque no era así, los días de lluvia, cuando la tormenta arreciaba con más fuerza, cuando el viento clamaba con todas sus fuerzas era ahí cuando salía a recorrer el bosque, con mucho más ahínco que los demás días tal vez por hacer eso que para los aldeanos era lo contrario de lo que hacían ellos, era otro motivo para no quererla, para hablar mal de ella, inventar historias, algunas hasta llegaron a tildarla de hechicera.
Lo que hacía ella en esas recorridas, lo que buscaba en esas caminatas nadie lo sabía, sólo ella y el bosque, que en su sabio silencio a nadie contaba.
Cuando una tormenta arreciaba, cuando la lluvia caía sin compasión, cuando el viento clamaba era cundo más fácil animales del bosque se perdían de sus casas, perdían el camino de regreso a sus madrigueras o caían de sus nidos, derribados por el viento. Ahí estaba ella, la vieja, la que no hablaba con nadie, la que a veces se olvidaba de sus ropas y de su apariencia le preocupaba más las criaturas del bosque. Así es como ayudaba a los animales a encontrar refugio, sus madrigueras, si venía pájaros heridos, sin poder volar, o pichones que aún no tenían sus alas para protegerse de la vida misma, la fuerza de la naturaleza se los llevaba. En la choza les daba calor, abrigo, comida, curaba las heridas de todos los animales heridos que encontraba en su camino. Ella los cuidaba como el bosque cuidaba de ella, dándole refugio y comida, ella se sentía en el deber de corresponder cuidando a las criaturas que vivían en el, hasta que se le hizo su forma de vivir, aprendió a vivir en una completa armonía con el bosque, lo sentía vivo, sentía como latía, le hablaba, podía escucharlo, y con las criaturas que en él habitaban.
Siempre sufría cuando los animales partían y dejaban de hacerle compañía en la pequeña choza, a veces el silencio dentro era demasiado tangible, pero sabía perfectamente que ella no era dueña de ninguna vida, ni siquiera de la suya propia, todo pertenecía a la naturaleza, ella era solo un eslabón más de una enorme cadena., invisible cadena
Pero como todo humano a veces esperaba que algún animal se quedara a hacerle compañía, sentía que la vejez se cernía sobre ella con una lúgubre soledad.
Los animales curaban y partían era una ley natural que volvieran al bosque junto a los otros animales, junto a sus pares.
Los años pasaron lentamente los veranos se sumaron a inviernos, algunos más fríos, otros no tanto, con épocas de tormentas fuertes y otras que no lo eran tanto, Su recorrido por el bosque continuaba sin modificaciones, se fue alejando totalmente de la gente de la aldea, ya no necesitaba nada de ellos, todo lo que podía necesitar, el bosque se lo brindaba y en abundancia. Los animales que curaba de trampas de los aldeanos y los pajaros que crecieron al calor de su fuego fueron demasiados para recordarlos a todos, pero a todos les tenía cariño, eran como su familia que nunca tuvo, eran los amigos que nunca tuvo; eran amor, que nunca tuvo.
Hubo un invierno mucho más duro que los anteriores, en donde la vejez ya estaba instalada desde hacía varios años, ya no salía a recorrer el bosque en los días de tormenta como antes, sus huesos se lo impedían, pero en la medida de lo posible, seguía curando animales, y seguía dando cobijo a todo aquel que lo necesitara.
Hasta que llegó el día que no pudo salir más, era una noche oscura, el viento soplaba con inclemencia y la lluvia caía con toda la fuerza, parecía que el cielo se había partido en dos y se estaba drenando con toda la fuerza. Ella presentía que no iba a volver a ver el sol, sentía el frío de la muerte en sus viejos y cansados huesos, meditó mucho en esa noche, pensando en su elección cambiar a los humanos por los animales, cambiar la vida de la aldea por la dura y sola vida en el bosque. Y no se arrepintió de su elección, no pesaron las noches de soledad, sino todos los animales que crecieron y se curaron, todos los animales que tuvieron su oportunidad de supervivencia cuando se pensaba que no.
Un golpe en la puerta, una rama pensó, otro golpe más, insistente, los dolores no la dejaron pararse del camastro, no podía ver si era una rama o la lluvia, por el ritmo continuo no lo parecía, no tubo temor, sabía que era su hora, nada más podía pasarle iba a volver a la tierra, a la naturaleza, así lo veía en sus últimas horas, no tenía temor a la muerte, y a la soledad ya se había acostumbrado. El golpe en la puerta continuaba insistente, hasta que una ráfaga de viento la abrió y desde el camastro pudo ver que no era una rama, ni el viento, eran todos y cada uno de los animales que alguna vez había curado. Hasta pájaros que vio nacer de huevos caídos de sus nidos en medio de tormentas.
Su último pensamiento fue que la soledad que tanto la abrumaba en algunas noches era solo una tonta ilusión, nunca estuvo sola en el bosque. La naturaleza nunca deja sola a sus criaturas.

1 han dicho de esto...:

Brisa dijo...

Buenos días Ana, Me encanta leerte, es un placer, lindo cuento.